Al igual que los positivos en el ciclismo, el atletismo aparece en los medios de comunicación cuando el morbo se vislumbra. Caster Semenya, campeona del mundo de 800 metros lisos, es hoy la portada de varios periódicos (y seguro que saldrá en la mayoría de telediarios de hoy).
Es noticia que ganara en 1'55"45, sacando más de dos segundos a la anterior campeona del mundo, Janeth Jepkosgei (1'57"90), la máxima diferencia entre las dos primeras clasificadas en una final de 800 metros. Pero no se habla tanto de esto. Si Semenya es hoy la portada de varios periódicos es, simplemente, porque parece un hombre. Y esto ya tiene más interés -morbo- para el ciudadano de a pie.
El caso no es nuevo. Sin alejarnos de la prueba de 800 metros, María Mutola padeció lo mismo; Jarmila Katrochvilova, que posee todavía el récord en la distancia, ha sido el estandarte de las corredoras poco femeninas; y bajando al 400 tenemos a la española Sandra Myers.
Es un tema complicado, porque en el recuerdo está Andreas Krieger. De pequeño era una niña -se llamaba Heidi- que a los 21 años se proclamó campeona de Europa de lanzamiento de peso. Pero pasaron los años y fue desapareciendo su feminidad hasta el mínimo detalle consiguiendo, en 2000, que se procesara al máximo resposamble de deportes de la RDA y se le declarara culpable.
No sé si estamos en un caso parecido; espero que no. Y mientras no se tengan mejores pruebas, lo lógico sería hablar de cómo Semenya destrozó a sus rivales, incluida Maite Martínez, que corrió muy bien y sólo consiguió ser séptima con 1'58"81.
