La última vez que vi mi camilla fue en el aeropuerto del Prat, en Barcelona, la mañana del jueves 22 de mayo de 2008. Eran las 5 de la madrugada y acababa de precintarla con plástico para protegerla ligeramente. Al facturarla, le pedí a la señora que me atendió que pusiera pegatinas de "frágil" a ambos lados de la camilla. Quizá tendría que haber solicitado que pusiera pegatinas de "personal e intransferible" para que no desapareciera por el camino.
Al llegar al aeropuerto de Thessaloniki, en Grecia, y después de hacer escala en Roma, aparecieron las bicis y todas las maletas de la delegación excepto mi camilla. Mi primer viaje como fisioterpeuta de la selección empezaba con mal pie.
El viernes, después de 24 horas sin tener noticias de la camilla, entré en una ortopedia de Serres (sede del campeonato, a 90Kms de Thessaloniki) para intentar comprar una. El vendedor, muy amable, me dijo que sería imposible encontrar en Serres una camilla, pero me facilitó la dirección de un fisioterapeuta para intentar alquilarle una. El fisioterapeuta en cuestión no tenía ninguna camilla portátil pero nos ofreció un trato mejor: nos cedía gratuitamente el bajo de su clínica, un gimnasio con una camilla, para uso personal. No me lo podía creer: de repente, perder la camilla resultó mejor que tenerla. El gimnasio, aunque no muy grande, ofrecía espacio suficente para trabajar con comodidad y para que los duatletas hicieran estiramientos mientras esperaban su turno. Pero hubo un "pero": el sábado la clínica estaba cerrada.
Para el sábado por la tarde, la jornada fuerte para mí, improvisamos una camilla juntando varias mesas escritorio y poniendo un par de mantas encima y una toalla. El emplazamiento, en el hotel que más parecía una pensión en decadencia que otra cosa, fue el rellano de la tercera planta, al lado del ascensor y sin ninguna intimidad. Las habitaciones eran tan pequeñas que el cuarto de los Hermanos Marx parecía, a su lado, una suite; las bicis dormían en el pasillo y muchas mesillas de noche también. Plantearme otro lugar para trabajar fue imposible. Pero salió más o menos bien.
La jornada del domingo, la carrera de relevos, repartió medallas en todos las categorías. Los duatletas se recuperaron más o menos bien de la paliza de día anterior y yo me sentí contento de ello, cómo no.
Ahora ya estoy en casa y sigo sin noticias de mi camilla. Creo que me tocará comprarme otra y esperar que me la pague la compañía. Mientras tanto, he conocido a un compañero de profesión de una localidad perdidad de Grecia, Serres, y he incluido en mi currículum profesional el trabajar con la federación española de triatlón. Los comienzos siempre son entretenidos (y yo venía de comenzar en el hockey hielo, como ya lo expliqué aquí). ¿Qué será lo próximo?
*Parakaló significa "por favor" en griego.
Al llegar al aeropuerto de Thessaloniki, en Grecia, y después de hacer escala en Roma, aparecieron las bicis y todas las maletas de la delegación excepto mi camilla. Mi primer viaje como fisioterpeuta de la selección empezaba con mal pie.
El viernes, después de 24 horas sin tener noticias de la camilla, entré en una ortopedia de Serres (sede del campeonato, a 90Kms de Thessaloniki) para intentar comprar una. El vendedor, muy amable, me dijo que sería imposible encontrar en Serres una camilla, pero me facilitó la dirección de un fisioterapeuta para intentar alquilarle una. El fisioterapeuta en cuestión no tenía ninguna camilla portátil pero nos ofreció un trato mejor: nos cedía gratuitamente el bajo de su clínica, un gimnasio con una camilla, para uso personal. No me lo podía creer: de repente, perder la camilla resultó mejor que tenerla. El gimnasio, aunque no muy grande, ofrecía espacio suficente para trabajar con comodidad y para que los duatletas hicieran estiramientos mientras esperaban su turno. Pero hubo un "pero": el sábado la clínica estaba cerrada.
Para el sábado por la tarde, la jornada fuerte para mí, improvisamos una camilla juntando varias mesas escritorio y poniendo un par de mantas encima y una toalla. El emplazamiento, en el hotel que más parecía una pensión en decadencia que otra cosa, fue el rellano de la tercera planta, al lado del ascensor y sin ninguna intimidad. Las habitaciones eran tan pequeñas que el cuarto de los Hermanos Marx parecía, a su lado, una suite; las bicis dormían en el pasillo y muchas mesillas de noche también. Plantearme otro lugar para trabajar fue imposible. Pero salió más o menos bien.
La jornada del domingo, la carrera de relevos, repartió medallas en todos las categorías. Los duatletas se recuperaron más o menos bien de la paliza de día anterior y yo me sentí contento de ello, cómo no.
Ahora ya estoy en casa y sigo sin noticias de mi camilla. Creo que me tocará comprarme otra y esperar que me la pague la compañía. Mientras tanto, he conocido a un compañero de profesión de una localidad perdidad de Grecia, Serres, y he incluido en mi currículum profesional el trabajar con la federación española de triatlón. Los comienzos siempre son entretenidos (y yo venía de comenzar en el hockey hielo, como ya lo expliqué aquí). ¿Qué será lo próximo?
*Parakaló significa "por favor" en griego.




