El fin de semana con mis padres acabó, pero dejó paso al lunes con mis padres. Lo que tienen los vuelos baratos es que normalmente necesitas regresar el lunes por la noche. Si el trabajo lo permite, es una opción buenísima.
Los lunes empiezo a trabajar (prácticas) a las 12. Se lo recomiendo a todo el mundo; permite empezar la semana siempre con buen pie. Da tiempo a salir a correr, organizar toda la semana y llegar al trabajo con una sonrisa de oreja a oreja, sin agobios, sin prisas, sin estrés. Pero ya es rizar el rizo si el entrenamiento matutino lo puedes hacer con tu propia madre.
Mi madre me inculcó la pasión por el correr. No es menos, pues 23 años antes yo la "obligué" a ella. Mi madre jugaba al baloncesto, desde pequeñita hasta que nací yo. Yo fui el cuarto hijo en 5 años y entre tanto pequeñajo en casa, el trabajo y los entrenamientos y los partidos, se vió obligada a dejarlo. Pero no podía estar sin practicar deporte y cambió al atletismo; el atletismo tiene la ventaja de que se puede practicar en casi cualquier parte y a casi cualquier hora. La de veces que nos dejó sólos en casa mientras ella se iba a correr, aunque algunos familiares pusieran el grito al cielo.
No obstante, no me dejé persuadir fácilmente. Yo de pequeño era fútbol, fútbol y fútbol. A regañadientes corría los crosses en los que me apuntaba con mis hermanos y hermanas. Pero una madre no se da por vencida con facilidad. Al pie del cañón se mantuvo y ahora soy el niño de sus ojos (con permiso de Nico, claro).
Como es lógico de cualquier madre, vibra con mis buenos resultados. Pero porque sabe que para recoger frutos hay que trabajar mucho la tierra, no me deja pasar ni una. Cuando estoy en casa me controla mejor que mi entrenador; me pregunta siempre qué he hecho y qué es lo que tenía que hacer. Y si entrevé que he escaqueado algo, me pone mala cara y me suelta un sermón.
Recuerdo una vez que vino a buscarme a Girona en coche. La noche antes no había dormido demasiado y, por lo tanto, esa mañana no entrené. Volviendo a casa me preguntó si ya había entrenado y, al responder negativamente, paró el coche.
-Ya te puedes poner las zapatillas. Yo me voy por el autopista y tú sigues corriendo por la nacional.
Una hora y pico más tarde llegué a casa. Calculando a ojo descubrí que había 18kms desde ese punto hasta mi casa. Ahora no me parece tanto, pero entonces tenía 16 años y nunca había corrido tanto.
Compartir aficiones con la propia madre es algo enorme, aunque algunas veces se imponga su voluntad. Al fin y al cabo, siempre es por nuestro bien. Y lo bien que lo pasé al lunes pasado enseñándole el
Amsterdamse Bos. Ésto sí que no tiene precio.
Siento no tener ninguna foto. No conseguimos, entre los dos, convencer a mi padre para que se uniera a la expedición.